martes, 29 de marzo de 2016

The Revenant

Hasta el final de los tiempos, The Revenant o El Renacido será recordado como el filme que le dio su merecido Oscar al Mejor Actor a Leonardo Di Caprio. Basada en una historia clásica norteamericana y dirigida por Alejandro González Iñárritu, este filme se adentra en el infierno del que tuvo que salir el cazador Hugh Glass, que luego de perder a su hijo en las manos de su peor enemigo y ser dado por muerto, logró recuperarse y concretar su venganza. Más allá de la historia, ya conocida por todo el mundo, The Revenant es una película tan intensa como polémica, algo que se puede observar en toda la filmografía del exitoso director mexicano.

No hay filme de Iñárritu desde su primer gran éxito, Amores Perros, que no pase por el ojo crítico sin dejar rastros. En una era donde el cine que vende la mayor cantidad de entradas suele estar más atado a los efectos especiales que a los debates alrededor del estilo y la idea a la hora de filmar, es imposible negar que más allá de todos los defectos que se le pueden señalar al realizador latinoamericano, sus productos son disparadores de esas viejas charlas acerca del cine - algo que sucede con pocos directores hoy día, Quentin Tarantino es el mejor ejemplo de esta tendencia en vías de extinción- y al mismo tiempo rinden en la taquilla como las grandes productoras y estudios esperan.




La historia ya la explicamos en el primer párrafo, pero hagamos el esfuerzo de cavar un poco más profundo: en 1823, una de tantas exploraciones del hombre blanco a lo salvaje termina en una emboscada de los indios. La masacre es cuasi absoluta y los sobrevivientes quedan a la deriva río arriba en un territorio que no conocen. Lejos de su base, Hugo Glass (Leonardo Di Caprio) y John Fitzgerald (Tom Hardy) se muestran como las dos figuras fuertes dentro de un grupo con hambre, frío y mucho miedo. Sabiendo que se encuentran expuestos a un nuevo ataque, los problemas internos no tardan en surgir.

La presencia del hijo de Glass, que casualmente es piel roja, complica la situación general y tensa al máximo posible la relación entre los dos protagonistas excluyentes. La decisión de abandonar el barco y adentrarse en el bosque es unánime, pero la lluvia, la nieve, el viento y el espesor del lugar hacen prácticamente imposible el avance a buena velocidad. Glass decide investigar a pie en soledad y comete el error de entrar en el perímetro de un gran oso y su cría, lo cual deriva en una lucha cuerpo a cuerpo entre el hombre y la naturaleza. La disparidad es lógicamente abrumadora y el cazador termina con el cuerpo destruido y su vida pendiendo de un hilo.




Cuando lo encuentran, es poco lo que pueden hacer para suturar sus múltiples heridas, aunque evitan que se desangre vivo. Logran estabilizarlo y comienzan a transportarlo en una gran camilla, pero al poco tiempo Fitzgerald comienza a presionar al Capitán Andrew Henry (Domhnall Gleeson) para que abandone a Glass y les permita a todos los demás regresar a salvo a la base. El odio es lo que mueve a Fitzgerald, que logra quedar en soledad con solamente un joven llamado Bridger (Will Poulter) y Glass y su hijo Hawk (Forrest Goodluck), a quien asesina ante los ojos de su padre - que nada puede hacer, pues está inmóvil- para luego enterrar vivo a su gran enemigo.

Milagrosamente, sucede lo que todos ya conocemos de antemano: Glass sobrevive, logra ponerse de pie y comienza a transitar lentamente su largo y duro camino hacia la venganza. La nula piedad de la naturaleza, sus heridas a flor de piel y los indios que lo persiguen completan el panorama para que de allí en adelante la historia se divida en dos partes que viajan en paralelo hasta cruzarse en el epílogo.




Es interesante el hecho de que el guión, la imagen y las actuaciones logren que una primera hora sin demasiada acción, con pocos escenarios y con diálogos cortos y mascullados sea dinámica y mantenga la atención del espectador. Los cortes de escena son ley, algo habitual en Iñárritu, y esta vez el movimiento de cámara seleccionado por el director es la panorámica, uno que gracias a la belleza y profundidad de los paisajes hace que cada cuadro sea muy estético.

El recurso de llenar espacios vacíos con majestuosidad puede ser pomposo, más si hablamos de este director en particular, pero eso ya es parte del análisis subjetivo. No es descabellado suponer que todos esos silencios contemplativos son la roca fundacional, la base sobre la que se erige The Revenant.




Gran parte de las escenas tienen en su centro a Leonardo Di Caprio - que demuestra todo su talento en un trabajo poco habitual, mereciendo el Oscar y mucho más por ello- y al sufrimiento constante por el que debe pasar su personaje, que no consigue paz hasta en los momentos en los que tenemos la impresión de que todo va a salir mejor. Un tour de force absoluto que lo lleva a caer desde peñascos muy altos, a sobrevivir a la deriva en los rápidos, a enfrentar un oso gigante, a escapar contínuamente de los indios, a dormir dentro de un caballo muerto y demás experiencias que marcan el viaje de Hugh Glass.

Las batallas con los indios están filmadas de una manera impecable, a pura crudeza, con los planos generando la sensación en el observador de estar en el medio de la contienda sangrienta. Todas las escenas de The Revenant son 100% explícitas, sin guardarse absolutamente nada, siendo un ejemplo acabado de esto la pelea con el oso: la brutalidad es notable, con el cuerpo de Glass siendo destrozado poco a poco por un animal tan majestuoso como mortífero, que debido a las leyes de la naturaleza lo deja al borde de la muerte.




Hay un fantasma moral que persigue a todos los involucrados en la farsa, en encubrir la muerte de Glass, que parece materializarse en la presencia de este, observando desde todos los rincones del mundo. El chamanísmo está presente, era imposible que faltase, un cliché sin dudas innecesario ya que no le agrega más que misticismo artificial al filme.

El trabajo de imagen es sin lugar a dudas lo mejor de The Revenant, una obra de arte por sí solo, con una colección abrumadora de paisajes hermosos, de los más puros que se pueden encontrar en el globo. Todos ellos filmados con una maestría innegable que hace que sea difícil como mínimo el no sucumbir ante la belleza y vastedad de un mundo que lejos de las grandes ciudades sigue estando allí para que lo descubramos.

Al mismo que tiempo, se ocupa de meterse de lleno en un tema siempre incómodo para los norteamericanos: la masacre y el robo de tierras por parte del hombre blanco y "civilizado" a los pueblos originarios, pobladores de ese territorio desde mucho antes de la llegada del a veces mal denominado "progreso".




La batalla final entrega al espectador todo lo que venía anunciando desde el inicio del filme: sangre e intensidad, sin efectos especiales ni retoques, dos hombres luchando mano a mano en el medio de la nada. La venganza llega, pero la manera en la que es ejecutada se ajusta al planteo ideológico del director, algo que para su fortuna resulta muy positivo para la historia. Los valores del personaje y la crítica a la masacre de los pueblos originarios quedan resumidos en una escena que cierra una película que desde su estreno viene dejando mucha tela para cortar.




PUNTAJE: 8/10













jueves, 11 de febrero de 2016

Clouds Of Sils Maria

Clouds Of Sils Maria es uno de los grandes filmes del año tanto por su guión, su calidad en cuanto a la filmación y las magistrales interpretaciones a cargo de Kristen Stewart y Juliette Binoche. Sin ir más lejos, compitió por la Palma de Oro en Cannes - que ciertamente mereció, pero no logró obtener de manera injusta debido a lo aburguesado que está ese festival- y le dio un premio César a Kristen Stewart como Mejor Actriz Secundaria, entre varios otros premios y nominaciones de gran importancia que recibió la actriz norteamericana por su labor. Claro que el jurado de los Premios Oscar no perdió su tiempo y decidió ignorar por completo a este filme, dándole a quienes no lo vieron aún una razón muy poderosa para hacerlo.

Valentine (Kristen Stewart) es la atareada asistente de una súper estrella de cine llamada María Enders (Juliette Binoche). Ambas se encuentran al inicio del filme en un tren que se dirige a la región de Sils María, un pequeño pueblo que se encuentra en el medio de los Alpes. Hay dos motivos para este viaje: el primero es un premio que María debe recibir allí, que también servirá para homenajear a un amigo de toda la vida y, segundo, para ensayar de cara a un nuevo proyecto que viene rechazando amablemente aunque con la intención clara de participar en él.

A pocas horas de llegar a Sils María, se entera de que su gran amigo - el homenajeado- acaba de fallecer luego de una lucha contra una enfermedad muy complicada. Llega al lugar y se contacta con familiares y amigos para expresar sus condolencias y compartir el profundo dolor que siente. Mientras tanto, una vez más le llega la propuesta a la que se viene negando, algo que tiene una razón profunda: la película es una remake del filme que la lanzó al estrellato hace veinte años, donde María interpretaba a una joven seductora y hermosa que entabla una relación amorosa con su jefa y luego la termina llevando al suicidio tras enamorarla, tenerla rendida a sus pies y dejarla tirada como si nada hubiese pasado.




El gran problema es que el rol en el que debe ponerse ahora es justamente el de la jefa caída en desgracia, algo que tiene sentido por el paso del tiempo y que al espectador lo retrotrae a Sleuth (1972/2007) adaptación de una obra de teatro homónima donde Michael Caine interpretó al joven amante en la primera versión y treinta y cinco años más tarde al esposo que entabla el duelo a muerte con el italiano que se acuesta con su mujer. Tras reflexionar con Valentine durante largas noches, María decide aceptar el papel y se comienza a preparar para el gran desafío de su exitosa carrera. Si bien la intimida el tener que conocer a la joven y rebelde estrella Jo-Ann Ellis (Chloë Grace Moretz) - que le recuerda mucho a ella misma cuando tenía esa edad- que será su compañera de trabajo, logra tranquilizarse y encarar el proyecto más que nada por el apoyo de su asistente.




Pero a la espera de que los ensayos formales comiencen, y con la sombra de Jo-Ann cerniéndose sobre ella, los miedos e inseguridades de María salen a la superficie. Esto genera varios choques frontales con Valentine, que es su sostén pero que también tiene opiniones propias que no necesariamente van de la mano con sus métodos y pensamientos. Poco a poco, María comienza a desarrollar una obsesión con su nueva co-protagonista, que combina admiración por temor a que la opaque y entierre su carrera a poco de terminarla. Además, todo lo que su nuevo personaje engloba es justamente aquello de lo que viene huyendo hace mucho tiempo: la vejez, la falta de carácter, la nula rebeldía, la poca autoridad, la carencia de control y de poder sobre su propia vida. Es decir, todo lo que ella jamás fue ni quiso ser, peligrosamente puesto como un espejo enfrente suyo.




Todos los pensamientos que posee acerca de la obra y de Jo-Ann están llenos de ira y angustia. Lo conflictivo es que los refleja en Valentine, algo que complica una excelente relación personal - y siempre al límite, bastante ambigua, bien jugada en ese sentido- llevando a los momentos de tensión ya mencionados durante los ensayos que se empiezan a parecer más y más a lo relatado en la ficción. Ambas mujeres se frustran por completo, llegando a un punto de cuasi no retorno, justo a días de que el encuentro entre María y Jo-Ann se realice.




Clouds Of Sils María es un filme clásico francés, con todos los ajustes que se le han venido haciendo a lo largo del tiempo. Todas las escenas poseen una duración similar y para separarlas se utiliza un recurso típico de este cine, que es el corte con un fade out a negro mientras la voz de uno de los personajes continúa aún cuando la pantalla queda completamente oscura. El ritmo es más bien lento, pero no cansino, pues hay que recordar que estamos frente a un exponente del cine de su país como Olivier Assayas por lo que como espectadores nos encontraremos con diálogos profundos y planos que cambian con la velocidad justa. Ni que hablar de lo magistrales que son las secuencias donde se ve solamente a los Alpes, de una belleza notable no solamente por el paisaje sino por la forma de registrar esos momentos con música de cámara como fondo, todos esenciales para la trama.




El guión es excelente, una clase práctica acerca de como interpretar a un personaje, de como poder realmente tomar su forma por completo. Todos los conflictos que se desatan dentro de un actor antes de realizar un trabajo quedan expuestos, sobre todo cuando se trata de un papel estresante y comprometedor como es el caso que María tiene en sus manos. También ahonda en ese momento de la carrera de una gran estrella en el que en realidad lo único que quiere es descansar, más allá de que a veces la presión de los medios, los representantes y el propio ego no se los permite. La historia se va desarrollando de una manera inteligente y posee un MacGuffin notable que permite que los momentos tal vez más lentos mantengan una leve y calculada tensión en el espectador. En lugar de Esperando a Godot, bien podríamos decir Esperando a Jo-Ann Ellis, algo que demuestra la pericia de Assayas a la hora de escribir el guión.




Las actuaciones son simplemente maravillosas, sobre todo la de Kristen Stewart, que en la piel de Valentine lleva a cabo una tarea impresionante con mucha expresividad - siempre se dice lo contrario, lo cual considero una locura- y una presencia implacable. Un duelo con constantes momentos de tensión y distensión entre ella y Juliette Binoche, compartiendo gran parte de las escenas de Clouds Of Sils Maria y mostrando un respeto y admiración mutuas notables. Los dos papeles son muy profundos y tienen varias capas, están llenos de angustia, matizados con sonrisas y buenos momentos, la contracara del rol interpretado por una eficiente y talentosa Chloë Grace Moretz cuya rol de una actriz rebelde es igual de complejo pero un poco más llevadero. Aún así, los tres personajes logran cristalizar lo difícil que es el mundo de los actores y actrices, mostrando que sus vidas detrás de cámara no son tan simples y felices como todo el mundo quiere imaginar.




Puntaje: 9/10








jueves, 21 de enero de 2016

The Gift

El australiano Joel Edgerton, gran actor por sobre todas las cosas y ahora también un muy interesante director, nos entrega esta joyita llamada The Gift. Luego de dos muy buenos cortometrajes, Edgerton dio el salto detrás de cámaras y sorprendió a todos con una opera prima llena de intensidad, sólidas actuaciones y giros argumentales inteligentes.

La historia es bastante simple de seguir: una pareja feliz se muda a California luego de vivir muchos años en Chicago. Este cambio se da gracias al ascenso de Simon (Jason Bateman) en su trabajo, algo que los tiene muy entusiasmados a él y a su pareja Robyn (Rebecca Hall). Un buen día, haciendo las compras para su nuevo y espacioso hogar, se cruzan con Gordon (Joel Edgerton), un viejo compañero de la secundaria de Simon que los saluda amablemente más allá de que es evidente que entre ellos hubo un conflicto de naturaleza complicada. Todo termina con una charla amistosa, apretón de manos y un intercambio de teléfonos para compartir una cena en el futuro cercano.

Al otro día, Robyn se encuentra sola en la casa y alguien toca el timbre pero cuando ella responde solo encuentra una botella de vino muy caro en el piso. La tarjeta está firmada por Gordon, en un gesto muy simpático pero que trae aparejado una cuestión particular: en su conversación previa, nunca le mencionaron en lugar exacto en donde vivían. De a poco, como espectadores nos vamos enterando de los claroscuros que posee la pereja: un año atrás, ella perdió un embarazo a pocos meses de concebir y ahora están lejos de la gran ciudad buscando reconstruir lo que se rompió.




Las sorpresas continúan, pues al otro día Gordon decide pasar por la casa a saludar cuando Simon se encuentra en el trabajo y tras ayudar a Robyn con un televisor nuevo, es invitado a cenar por ella. El evento inicia con total normalidad, pero a medida que el alcohol corre y los minutos pasan, queda claro que entre los dos hay una cuestión sin resolución. Simon termina la noche con la certeza de que su compañero de secundario no ha cambiado en nada y que está loco por pensar que alguna vez llegaron a ser buenos amigos.




De aquí en adelante la tensión aumenta, con los regalos de Gordon que siguen apareciendo en la puerta, generando algo de lástima y simpatía en ella - que lo considera una vía de escape para una realidad normal en la superficie pero asfixiante por debajo- y mucho enojo en Simon, logrando que surja lo peor de él, esa personalidad escondida detrás del hombre de negocios moderno que nunca dejó de ser ese muchacho altanero, pedante y abusivo que en la escuela le hizo la vida imposible a chicos como Gordon. Luego de una cena muy extraña ahora en la casa de él, Simon le exige que nunca más los visite ni les hable, que solucione sus fracasos en otro lado sin involucrarlos a ellos. 




La existencia de Simon y Robyn se hará imposible de allí en más, con la presencia ahora invisible de un Gordon dolido que parece tener más de una razón para mantenerse cerca de la pareja. La tensión en The Gift está muy bien manejada por un Edgerton que no parece estar al comando de su primer trabajo como director. La atmósfera es siempre oscura en plena luz del día, con la sensación de que a todo momento hay alguien observando desde la penumbra, recurso muy carpenteriano. El trabajo impecable de las cámaras y la posterior edición completan un cuadro muy prolijo, con unos acercamientos a velocidad mínima muy bien logrados para generar la sensación de que hay dos ojos pegados a nuestra nuca.




El puente introducido en el medio del guión para evitar que el filme caiga en el lugar común es muy bienvenido, pues trae algo de luz a una trama muy oscura materializada en la posibilidad de formar una familia luego de tanta frustración y dolor. No tarda mucho la historia en desenvolverse, explicando cual es la razón de Gordon para buscar obsesivamente el contacto con Simon y Robyn. La idea de venganza, pero también la de aleccionamiento, un plan macabro urdido con mucha paciencia y con varios puntos ciegos que dejan pensando al espectador acerca de la posible influencia de Gordon en el momento de crisis de la pareja.




El bullying es puesto en escena de una manera muy cruda, con una advertencia clara: no hay pecado del pasado que no regrese para cobrar la cuenta. Llevado al extremo, el abuso puede llevar a un daño muy profundo con cicatrices que en lugar de sanar se ahondan y transforman al niño más inocente en un monstruo. 




Jason Bateman se luce en un rol bien alejado de la comedia, demostrando que es un fantástico actor con un rango más bien amplio. La transformación que sufre su personaje a lo largo del filme de notable, todo mientras podemos ver como se encuentra al borde del estallido desde el primer momento en el que exhibe las partes más oscuras de su personalidad que lo hacen pasar de ser un marido cariñoso y un trabajador incansable a una basura sin escrúpulos y capaz de hacer lo que sea por conseguir sus objetivos. Rebecca Hall está muy sólida en el rol de una esposa llena de dolor y al borde de un colapso absoluto. El director, Joel Edgerton se pone con éxito en la piel de una víctima de los peores maltratos y humillaciones físicas y psicológicas que hace todo lo posible para ser el que ríe último.




La violencia en The Gift va in crescendo y en un punto los roles se dan vuelta por completo. Todo lo insinuado lentamente en la primera parte queda aplastado bajo un cierre lleno de intensidad. Para las escenas finales, la película se reserva un cartucho más: cuando todo parece encajar a la perfección, el giro de tuerca final provee una atmósfera excepcional que, como un thriller de calidad, da rienda suelta a un final muy bueno.



Puntaje: 8/10

miércoles, 2 de diciembre de 2015

The Visit

Tras varios fracasos tanto de taquilla como en la crítica, M. Night Shyamalan regresa a las fuentes con una película de bajo presupuesto que - por fin- lo acerca a sus orígenes. En una nota que leí hace unos días, se lo atacaba sobre todo por haberse dejado absorber por los grandes, enormes, presupuestos de los principales estudios de Hollywood en lugar de hacer lo que él sentía. El ejemplo más cercano y claro de esto es la destrozada After Earth (2013), de la cual aquí no tuvimos una tan mala impresión como casi todo el resto de la crítica especializada. Lo segundo con lo que estuve de acuerdo en esta nota fue en la afirmación de que el éxito de The Sixth Sense (1999) fue uno de los factores centrales en la repentina y lenta caída del director nacido en la India. Quedó instalada en la mente de todos los espectadores que ese era su estilo, que todas sus historias tenían que tener esa atmósfera, ese guión y - sobre todo- esos giros sobre el final que lo dejaban a uno boquiabierto. Lo cierto es que debido a esto, un filme sensacional como Unbreakable (2000) y otro bueno como The Village (2004) no fueron ni un éxito en la taquilla ni generaron mucho entusiasmo en la crítica. Luego de varios pasos fallidos en lo que refiere a entradas vendidas, el regreso de Shyamalan como productor y director - solo el primer episodio- de la serie Wayward Pines (2015) dejó en claro que a este talentoso director le quedan varias balas en el cargador. El anuncio de The Visit fue intrigante, pues tras muchos años, Shyamalan iba a filmar con poco presupuesto, un guión y producción enteramente propias e iba a explorar el universo del género de cámara en mano. Algunos levantaron la ceja, pues es sabido que este tipo de filmes ha agotado su potencial (salvo maravillas como las dos V/H/S) y que está en busca de un valiente que logre relanzarlo. Pero los adelantos y los posters promocionales fueron suficientes como para convencernos de que podíamos estar ante el resurgimiento definitivo de un muy talentoso profesional.



La historia es simple, sin demasiadas vueltas gracias a dios: Tyler (Ed Oxenbould, la revelación del año en una performance impresionante) y Becca (Olivia DeJonge, muy sólida como una chica valiente que trata de cuidar a su hermano a como de lugar) son dos hermanos que un buen día descubren que sus dos abuelos están vivos. Ambos contactan con su madre (Kathryn Hahn, rol completamente secundario, marginal en la trama aunque relevante para darle inicio a esta) por Internet y ella les explica que su relación con sus padres no fue la mejor, pues cuando era adolescente se escapó de la casa con su novio en ese entonces y embarazada de varios meses. Nunca más se hablaron, todo quedó en la oscuridad a pesar de algunos intentos de ellos de volver a conectarse, pero a pesar de esto no les prohíbe ir a pasar una semana con ellos. En ese tiempo, ella se irá a un crucero de lujo con su pareja para descansar un poco tras un año muy agitado en lo laboral, así que la invitación parece llegar en el mejor de los momentos.


Con su videograbadora - digital, ojo no es tan 90's aunque la estética diga lo contrario- los dos chicos llegan a la adorable casa de sus abuelos en las afueras de la ciudad. Su intención es filmar un documental acerca de la historia familiar y respetan a rajatabla los preceptos básicos a la hora de encarar un proyecto semejante. Se hacen entrevistas a ellos mismos, graban los alrededores, el interior de la casa, hacen una bitácora con sus experiencias diarias y tratan de convencer a los en un primer momento simpáticos y buena onda Nana (Deanna Dunagan, fantástica en su locura, el delirio macabro hecho persona) y Pop Pop (Peter McRobbie, el policía bueno de la pareja que de a poco va revelando su verdadera identidad). Se aclara que no son sus nombres reales - nunca los dan a conocer- sino los apodos con los que se suele llamar en Estados Unidos o cualquier otro lugar de habla inglesa a los abuelos.


Tras un muy buen primer día, hablan con su madre vía Skype y la despiden deseándole mucha suerte en el crucero. Cuando la noche comienza a caer, los abuelos son claros con las reglas: pueden comer todo lo que quieran, jugar por todos lados y no deben salir de sus cuartos a partir de las 21.30 en adelante. Becca rompe esta regla muy velozmente porque tiene hambre, yendo a la cocina unas horas más tarde del horario de dormir para buscar galletitas. Para su terror, se encuentra con Nana vomitando y haciendo ruidos extraños, algo que la hace regresar a máxima velocidad a su habitación. De aquí en más, todo comenzará a ponerse muy extraño debido a que esos dos simpáticos viejitos van a ir mostrando una cara muy diferente a la de las primeras horas de contacto. Con los ruidos nocturnos in crescendo y varios sucesos tan asquerosos como terroríficos, Tyler y Becca se asustan pero al mismo tiempo deciden tratar de llegar hasta el fondo de la cuestión. Lo que no saben es que su afán aventurero puede llegar a costarles bastante más de lo que en un principio imaginan.


El guión es inteligente, porque primero solventa algunas dudas con una explicación médica bastante racional en boca de Pop Pop. Pero de a poco el espectador se va dando cuenta de que con eso no alcanza, que hay algo extraño sucediendo en la casa y que no tiene ninguna relación aparente con cualquier cuestión estrictamente médica. Los días van pasando y la atmósfera pasa de ser agradable a tensa y oscura con varios momentos de terror puro y varios sobresaltos que todo fanático del género va a agradecer. Mientras más conocen a sus abuelos, mayor es la certeza de que algo extraño se esconde en esa casa. El guiño a Hansel y Gretel es bastante claro: los dos chicos perdidos en el medio de la nada, que ingresan felices a una casa hermosa y llena de cosas ricas que de a poco se va convirtiendo en la peor de sus pesadillas. Un show conducido por los dueños de casa, que se van desenvolviendo como personas tan extrañas que infligen miedo y desesperación en sus dos nietos.



El suspenso está muy bien llevado y los sustos a los que el director nos somete son efectivos y están muy bien dosificados. La ausencia total de banda sonora - regla central del género- logra que el ambiente se tense al máximo y que todo fluya al ritmo justo y necesario. Los clichés de la cámara en mano no son eludidos por Shyamalan, pero como primera incursión dentro de este género hay que decir que no está para nada mal pues logra usar varios de ellos a su favor, introduciéndolos como un paso de comedia en medio de la trama.


La idea de que los dos protagonistas hagan un documental es interesante, porque sirve para que de a ratos puedan salir un poco de la vivencia cotidiana en la casa e introducirse en cuestiones personales que al ser indagadas abren muchas puertas. En el guión hay varias menciones a clásicos contemporáneos del terror pero no hay excesos en ese aspecto. El guión está muy bien escrito y pensado, porque comienza por la previsibilidad absoluta y empieza a decantar en cuestiones bastante más terrenales como el desarraigo, la vejez, la locura, en fin, la condición humana y todas las complejidades que esta trae durante ese período que llamamos vida.


El cierre de The Visit es fantástico, con una escena a pura adrenalina en la que aparece por única vez la música en el fondo. La delgada línea que divide a lo real de lo sobrenatural es transitada con éxito por un revitalizado M. Night Shyamalan, aún tras una conclusión bastante sangrienta. El mensaje del final, presente en esa escena que queda separada del resto del filme, funciona como una especie de moraleja que no puede evitar el cliché. Pero para sorpresa de muchos, este cliché no desentona porque es lo que le permite a la historia cerrar de forma perfecta. Señoras y señores, terminemos con el mensaje más importante de The Visit: Shyamalan está de regreso y, esperemos, sea para quedarse de una vez por todas.


Puntaje: 8/10  




domingo, 15 de noviembre de 2015

Escalofríos

Todo el que haya sido un niño - como quien les escribe- en la década de 1990, sabe de la existencia de Robert Lawrence Stine o, más simple, R. L Stine que escribió varios cuentos de terror clásicos que asustaron - y asustan- a varias generaciones de niños. Tanto sus libros como su show de televisión basado en su material literario, con título homónimo al de este filme, eran una combinación entre el horror más básico y efectivo y un suspense muy bien logrado que servía para mantener pegado al televisor a cualquiera. El disfraz que el autor usaba era el de un simple cuento de horror para niños, pero en cada historia había un factor macabro y retorcido que de repente trasladaba una historia inocente y misteriosa hacia lugares un poco más oscuros. La llegada de un filme - dirigido por Rob Letterman- que, en los papeles, buscaría juntar a todas sus criaturas y poner en la piel del escritor al gran Jack Black fue una buena noticia más allá de que el resultado era sin dudas incierto.

La historia es más bien simple: Zach (Dylan Minette) y su madre Gale (Amy Ryan) llegan a un pequeño pueblo desde Nueva York buscando superar la repentina y dolorosa muerte del padre de Zach. En medio de su vida rutinaria, con los toques de su muy particular tía Lorraine (Jillian Bell), conoce a su vecina Hannah (Odeya Rush). Tienen una química inmediata pero hay un problema grande: su extraño, gruñon y misterioso padre (Jack Black) le prohíbe que se acerque a ella y lo amenaza con denunciarlo a las autoridades si vuelve a siquiera mirarla. Tras escuchar una discusión a los gritos entre los dos desde su cuarto, Zach llama a la policía pero todo termina en la nada misma ya que no encuentran a nadie en la casa más que al hombre malhumorado.


Junto a su muy gracioso nuevo amigo Champ (Ryan Lee), Zach decide ir al rescate de Hannah y tras ingresar a la casa por el sótano descubren una gran librería que tiene todos los cuentos del misterioso y legendario R. L Stine. Cada libro está cerrado con candado y este par de muchachos no tiene mejor idea que abrir uno de ellos. De aquí en adelante, los monstruos se harán presentes en la pantalla dando lugar a un escenario de caos absoluto que amenaza con destruir la pacífica y saludable vida de este tranquilo pueblito alejado de todo. 


Escalofríos es sin dudas un filme destinado a los más chicos, pero que hará reír a cualquiera de los que se sienten a verlo sin importar su edad. Las actuaciones son muy buenas, Odeya Rush juega muy bien el rol de adolescente valiente e idealista - ya verán porqué hace esto- y la dupla Dylan Minette-Ryan Lee provee una serie de gags que arrancan carcajadas. La química entre los tres jóvenes actores es óptima, pero quien lógicamente se lleva todas las miradas y aplausos es Jack Black con una nueva composición capaz de descostillar a una piedra. Comienza como un viejo delirante e insoportable y termina como un personaje tan loco como querible, el líder de una sin dudas gran aventura. Le pone la voz a varios de los monstruos y el foco debe estar puesto en uno de ellos: su némesis Slappy, al que logra darle desde lo vocal varias de sus características corporales e interpretativas. 


No se le puede pedir demasiado a un guión muy previsible, sobre todo cuando empieza a llegar al final. Pero sí se puede destacar una gran virtud: que parece un gran y universal cuento escrito por R. L Stine donde él y todas sus creaciones son partícipes. Hay lugar - mucho- para el amor, para la aventura, para la amistad y para los sustos - claro, je- no mucho más que eso. Los efectos especiales son excelentes, los monstruos aparecen ante nosotros tal como los imaginábamos al escuchar las historias de R. L Stine y logran ese equilibrio entre el susto y la risa. A fin de cuentas, Escalofríos busca colocarse en esa delgada línea, objetivo que logra con total éxito. Las actuaciones son muy buenas y el tiempo de duración es el justo y necesario, hasta llegando a parecer mucho menos por el buen rato que uno pasa. Un filme para toda la familia, ideal para esta época del año y que por suerte no sucumbió ante el imperio del 3D, algo que sin dudas le habría quitado su esencia. Un triunfo y una reivindicación a un muy buen autor que siempre es olvidado por la crítica culta más allá de haber sido un bestseller en sus años. Atentos al cameo del mismísimo Stine.



Puntaje: 7.5/10


miércoles, 11 de noviembre de 2015

Insurgent

Para la segunda entrega de la saga escrita por Veronica Roth, el estudio eligió a Robert Schwentke para que estuviese detrás de cámaras. En su corta filmografía posee varios productos que valen una mirada como Flight Plan (2005)Red (2010), R.I.P.D (2013) que lo ponían en los papeles a la altura del desafío. Esto porque la primera entrega de esta serie de libros (Divergente, estrenada el año pasado) había dejado el listón bastante alto. Más allá de poseer todos los clichés de las novelas distópicas juveniles, el planteo era original e interesante - combinación justa entre política y acción, con algunos toques de romance- y además tuvo en Tris (Shailene Woodley) a una heroína a la altura de la Katniss Everdeen de Jennifer Lawrence.

Insurgent - título de la segunda parte- comienza en el exacto lugar donde dejó el filme anterior. Tras el escape a último momento de Tris, Four (Theo James) y varios de sus compañeros, la cacería de los Divergentes ha comenzado. La malvada Jeanine (Kate Winslet) está dispuesta a hacer lo que sea para aniquilarlos por completo y utiliza lo peor de la propaganda - en conjunto con una salvaje represión a todo el que los ayude- para construir a estos seres excepcionales como los enemigos del orden, la paz y la democracia mismas. Los culpa del ataque que ella misma orquestó sobre Abnegation - cierre del primer filme, si no lo vieron hasta acá es su problema je- y tiene en Eric (Jai Courtney) un comandante fiel para llevar adelante una misión que parece complicada pues nadie a podido dar ni con Tris ni con Four en varios meses a pesar de la búsqueda intensiva.


Los dos tortolitos son los que lideran la resistencia y buscan ayuda de pueblo en pueblo sin demasiado éxito. Tris vive atormentada por las pesadillas que tienen a su difunta madre como centro, siempre tratando de enviarle mensajes desde algún lugar lejano. No pasará poco tiempo para que Jeanine se haga de un objeto vital para destruir a los Divergentes, pero aquí choca con su gran dificultad: necesita al más perfecto de ellos para abrirlo y hasta el momento solo ha dado con los que no pueden superar los primeros estadíos de las pruebas que contiene esa misteriosa caja. Mientras trata de sobrevivir, Tris entiende de una vez por todas que no hay más opción que asesinar a Jeanine y así terminar con la persecución salvaje de los que poseen su mismo don. 


Un extraño enfrentamiento en un tren da pie a que Four se enteré de que su madre está viva, no muerta como él creía, y que ha estado todos estos años operando en las sombras para levantar un ejército y terminar con la dictadura de su némesis Jeanine y derrocar el sistema injusto en el que viven hace años. La chispa no tarda en encenderse y la guerra civil queda a la vuelta de la esquina, no sin complicaciones y nudos de a ratos inexplicables en el camino, como suele suceder en este tipo de historias.


Insurgent es un producto mucho más violento y político que su antecesor y esto se agradece en gran medida. Un lógico upgrade que sigue al pie de la letra la subida de tono que hay en los libros a los que viene respetando muy correctamente. El centro absoluto de la película está en sus dos protagonistas principales, que muestran una gran química y no son para nada acartonados como la mayoría de actores que deben jugar a los novios en estos filmes. Shailene Woodley, como siempre, sobresale en un rol que logró hacer solamente suyo en solamente una película. Tris lucha contra sus propios fantasmas al mismo tiempo que ve que no le queda otra opción que convertirse en la cabeza de una revolución inevitable. Un trabajo físico sensacional, cada vez más intenso y espectacular en las coreografías, y en lo interpretativo no hay más que agregar pues todo está dicho acerca de esta gran actriz del presente y del futuro.


Miles Teller, que no fue nombrado hasta aquí,  interpreta un rol secundario que crece en relevancia desde la mitad del filme en adelante. Mucho más protagonismo para su Peter, un perfecto hijo de puta que con mucho oportunismo busca ganar poder, por lo que sus vueltas de tuerca son varias. El talento de este gran actor es algo indiscutible y le suma a Insurgent esa cuota de humor justa y necesaria que saca una sonrisa en el momento más inesperado. Un soplo de aire fresco y estratégico en un filme que posee personajes que de a ratos son demasiado serios y por ello pierden un poco de credibilidad.


Como todo filme distópico, las referencias a 1984 son bastante obvias pero mucho mejor desarrolladas que en productos similares. También está el guiño hacia Matrix sobre el tramo final de la película, pero eso tendrán que verlo por su cuenta. Los universos construidos con CGi son espléndidos, combinación entre destrucción y desolación puras, con ciudades que solo son cáscaras destruidas de lo que alguna vez supo ser brillante y poderoso.


Insurgent es una sólida segunda parte y resta el cierre que, como viene siendo ley en estos tiempos, estará partido en dos filmes. El director va a repetir en ambos y se espera que tras el giro del final, previsible pero no por ello malo, los dos filmes que restan no tengan respiro. Final explosivo anunciado y Shailene Woodley como la heroína rebelde, luchadora y acomplejada por su pasado. Nada mal para una simple saga de libros destinados a jóvenes y adolescentes que, junto a Maze Runner y The Hunger Games, mostró que todavía hay lugar para hacer buen cine con la base menos imaginada. 



Puntaje: 7/10






lunes, 9 de noviembre de 2015

Southpaw

De todos los estrenos del año, creo que Southpaw es uno de los más intensos y emocionantes, aunque no por ello es un gran filme. Primero digamos que es un clásico filme de Antoine Fuqua, que viene de unos años bastante agitado y disparejos que tuvieron como resultados muy buenos productos como Shooter (2007) y Brooklyn's Finest (2009) y también otros que no fueron tan bien recibidos - con mucha razón, porque son bastante flojos- por la crítica y los espectadores como Olympus Has Fallen (2013) y The Equalizer (2014). De la mano de Jake Gyllenhaal, este director nacido en Pittsburgh decidió regresar a las historias de redención y así apuntar a alguna nominación a los Premios Oscar. Más allá de ser un pastiche entre diversos filmes de revancha que ya vimos muchas veces - con todos los clichés esperables del género incluídos-, Southpaw es una película que llama la atención sobre todo por la impresionante e impecable labor de su actor principal que convierte un producto del montón en una muy sólida película. La injusta exclusión que hizo la siempre deleznable Academia el año pasado es una de las razones por las que Gyllenhaal está nominado desde antes que se estrene el filme, algo que sin dudas tiene su apoyo en la realidad más allá de no ser una performance tan profunda como la que realizó en la fenomenal e ignorada Nightcrawler (2014).


Billy Hope (Jake Gyllenhaal) es el mejor boxeador libra por libra del mundo. Cuando termina la pelea que da inicio al filme, lo tenemos ante nosotros festejando que continúa invicto y que se encuentra en la cúspide de su carrera. Más allá de tener el cuerpo ya demasiado castigado, Billy está muy feliz con su mujer Maureen (Rachel McAdams) y su hija Leila (Oona Laurence) algo que no le importa demasiado a su inescrupuloso manager Jordan Mains (Curtis Jackson) que solo busca sacarle todo el jugo posible a su luchador. El problema es que esa pelea de la que venimos, no fue el paseo que todos esperaban sino más bien una guerra que le costó demasiado a Billy y que lo dejó excesivamente golpeado y casi sin poder moverse.


El golpe por golpe nos recuerda a cualquiera de las peleas de Rocky Balboa, que hasta llegó a bloquear golpes con la cabeza contra todos sus rivales. Maureen desea que su marido no pelee más, que se retire y que no sufra porque es consciente de que un golpe mal recibido puede terminar con su vida o privarlo de pasar muchas cosas de la mano de su pequeña y simpática hija. Luego de recibir un desafío en público estilo Mohammed Alí de parte de Miguel "Magic" Escobar (Miguel Gómez), decide reflexionar acerca de su futuro. Rechaza un contrato de tres peleas por una suma de 30 millones de dólares con HBO y anuncia en su evento anual de caridad - él y su mujer son hijos de un orfanato en Hell's Kitchen- que ya no tiene nada más para darle al boxeo.


Y aquí comienza el melodrama: Escobar irrumpe en la cena e increpa a su mujer para lograr una reacción. Hope se le lanza encima y en medio de la pelea de amigos y guardaespaldas de ambos lados, una bala perdida termina con la vida de Maureen. Lo que sigue es conocido: llegan el descontrol, la desesperación y el aislamiento de parte de Billy. Se entrega al alcohol y busca matar a Escobar, perdiendo la brújula por completo al punto de firmar - debido a que entra en la quiebra en medio de maniobras sospechosas de su representante- el contrato con HBO e ir a pelear sin preparación contra un rival menor que lo apalea y le saca el cinturón con facilidad con un knock out técnico humillante. Termina en la ducha del vestuario, llorando solo y preguntando si todavía queda alguien allí. Todos los que en el éxito lo acompañaban a todos lados, esa noche no están allí. Suspensión por golpear al árbitro, hija que es llevada por servicios sociales, entra en el filme Tick Wills (Forest Whitaker) entrenador del único boxeador que lo venció en su carrera con claridad y comienza el camino hacia la redención y la revancha.


Southpaw, como pueden apreciar, es un compendio de lugares comunes de los filmes de boxeo y de revancha. Tiene pedazos de muchos clásicos del género pegados uno encima del otro al estilo Frankenstein y completa el cuadro un guión 100% predecible. Todos sabemos desde el primer segundo que es lo que va a suceder en el desarrollo del filme y como va a terminar la historia, pero nos quedamos a mirar sin problemas ni complejos los 124 minutos de duración que tiene la película. Lo que se puede rescatar dentro de este mar de clichés es que el camino hacia la recuperación total no es veloz sino más bien espinoso y con muchos obstáculos. Fuqua no se la hace fácil a su protagonista y plantea a la suciedad y al espíritu callejero de los projects como la plataforma de despegue para quien ha sufrido la peor de las caídas.


En lo que respecta a las actuaciones, el trabajo para el crítico es mucho más fácil. Jake Gyllenhaal entrega otra performance sensacional, con una nueva transformación física inversa a la que realizó el año pasado. Muy metido en su personaje, dándole sentimientos a esa mole que construyó en base al entrenamiento intensivo al que se sometió por varios meses. El sufrimiento de su infancia está tatuado en su cuerpo y con un rostro expresivo como pocos hace que cada uno de sus encuentros con su hija en el edificio de los servicios sociales nos duela en lo más profundo del corazón. La química con sus co-protagonistas es fenomenal y esta vez apunta sin dudas al Oscar - y a varios premios más- pues lleva a la película sobre sus hombros y con su presencia logra que sea algo más que un producto ordinario.


Rachel McAdams y Forest Whitaker llevan adelante una gran labor en roles más bien secundarios, cada uno mostrando su talento y que pueden interpretar cualquier rol que les pongan por delante. No son personajes originales, pero ambos le agregan su toque a cada uno de ellos y los rescatan del olvido en el que habrían caído con un mal casting. Con sus interpretaciones hacen que el cliché se haga por un rato invisible, cuestión que es sin dudas muy difícil de conseguir. Mención aparte para Oona Laurence que se lleva todos los aplausos en la piel de una niña que pierde todo desde muy pequeña y que no encuentra una razón para existir de allí en adelante. Su química con Gyllenhaal es excelente y la relación entre padre e hija - en sus varios estadíos- es de lo más rescatable de Southpaw.


Las peleas están muy bien filmadas, en lo técnico no hay ningún reproche para hacerle al director que nos bombardea con planos eléctricos incluido el clásico Point Of View con la cámara moviéndose ante cada golpe recibido. La banda sonora y el soundtrack a cargo de Eminem son una obra maestra y ayudan a crear una atmósfera que oscila entre la tensión y la adrenalina. La crítica al boxeo, al negocio en el que se ha convertido, no podía estar ausente y el vehículo es el manager (gran trabajo de Curtis "50 Cent" Jackson que mejora a cada filme) que reúne todas las cualidades menos la vergüenza y la dignidad.


Southpaw es un filme que sería del montón si no fuese por la excelente labor de sus protagonistas secundarios y por la gigante performance de Jake Gyllenhaal. La estructura es la misma que la de Rocky III y la palabra "redención" es mencionada cada dos minutos con un ritmo de a ratos insoportable. A pesar de todos los puntos negativos, se imponen la emoción y el trabajo de los actores, que convierten un guión normal y corriente en uno emotivo y épico. Antoine Fuqua es sin dudas un muy buen director, pero es hora de que cambie un poco de aire ya que no siempre va a tener a su disposición una tropa de actores talentosos para que le salven la ropa al final del día y hagan de productos como Southpaw algo mucho mejor de lo que en realidad son. Eso sí, el cierre es tremendo, algo en lo que este realizador nunca suele fallar.



Puntaje: 6.5/10