sábado, 19 de septiembre de 2015

El Clan


Ha llegado la hora de hablar un buen rato de la figura de la cartelera de invierno. Sería de necios negar que El Clan, de Pablo Trapero, obtuvo sus números actuales - en constante crecimiento, cerca del récord- debido al prestigio del director, la presencia de varios actores y actrices de peso/actualidad y al morbo que generó el resurgimiento del caso Puccio. Uno que estremeció al país en los 80' y que mediante un muy poderoso aparato publicitario - más un libro intenso y una serie televisiva a punto de estrenarse- ha sido colocado nuevamente en el centro de los debates. Ahora, la verdad es que como historia es muy interesante y Trapero consigue dar en la tecla con su enfoque.

No creo que sirva de mucho explicar la historia, pues todos ya la hemos leído en las muchas críticas que tiene el filme, en el libro de Rodolfo Palacios que acaba de salir - muy interesante, lo recomiendo- y en los innumerables artículos y entrevistas que adornaron diarios y revistas durante más de dos meses donde el furor fue absoluto. Pablo Trapero es un director que ama el cine y se nota en cada una de sus películas, uno de los últimos exponentes del añorado cine de autor. Esta debe ser la que menos conecta en lo estilístico con toda su filmografía y está bien que así sea. Tal vez estemos ante el filme más mainstream y simple de la carrera de Trapero, algo que en el balance no resultó tan mal pues ha batido el récord nacional de venta de entradas y se ha llevado - con ovación de pie tras la proyección- el Leon de Plata en el Festival de Venecia.


El director posa su mirada sobre la relación entre Arquímedes Puccio (Guillermo Francella) y su hijo del medio, Alejandro Puccio (Pedro Lanzani). Todos los demás personajes, y hasta la misma trama siniestra, siempre aparecen como música de fondo. Claro que vemos como se orquesta cada secuestro, como la familia lo toma como algo cotidiano - tal vez lo más monstruoso del filme sea justamente eso- y como de a poco un joven rugbier con un gran futuro por delante va cayendo en las garras de un hombre frustrado, mediocre, gris y macabro. Para su mala suerte, algo que él mismo repetiría en el juicio posterior a su captura e intento de suicidio fallido, le fue imposible elegir a su padre y tuvo que sobrevivir en un ambiente hostil tanto fuera como dentro de la casa. Es interesante como Trapero y Lanzani logran que tengamos algo de simpatía por Alex, tarea difícil pues lo cierto es que estaba al tanto de todo y que en dos de los secuestros sirvió como carnada y como recolector del dinero. Y también, claro, era el "portero del infierno", encargado de abrirle el portón a su padre y sus socios cuando llegaban con un cuerpo en el baúl.


Los secuestros del Clan Puccio sucedieron entre 1982 y 1983 y Trapero los usa para explicar lo que fue esa transición hacia la democracia. Como mientras los amigos y socios militares de la SIDE lo protegían, Arquímedes - y otros varios colegas suyos- pudieron hacer lo que quisieron, total los secuestros sucedían a diario desde hacía mucho tiempo y nadie decía absolutamente nada por miedo. El final de la guerra de Malvinas es el punto de quiebre en la película, que coincide con el regreso del hermano mayor Daniel "Maguila" Puccio (Gastón Cocchiarale) tras una larga estadía en Nueva Zelanda - que no tarda en unirse al negocio familiar- y con el crecimiento tanto profesional como personal de Alex, muy cerca de dar el salto al exterior y de casarse con su novia Mónica (Stefanía Koessl). Todos sabemos de antemano como terminó la historia, pero viendo el desarrollo de las acciones lo cierto es que con la democracia aún fresca, la protección a Puccio se extendió hasta el máximo posible durante el secuestro de Nélida Bollini de Prado, que sería el último de la serie macabra. Hubieron advertencias desde arriba, pero Puccio con mucha altanería decidió ignorarlas por completo y seguir adelante con un plan motorizado, no ya por el dinero sino por la maldad y la sensación de impunidad absolutas. El hecho de que el mismo Arquímedes fuese el que realizaba las llamadas sin esconder su voz, es una marca importante de su personalidad. Y el que todas esas conversaciones estuviesen grabadas por el gobierno militar, la prueba de que Puccio jamás entendió un momento histórico del cual se creyó dueño.


Lo que no vemos en el filme es como fue que Arquímedes Puccio llegó a armar la banda con la que realizó esos 4 secuestros, los cuales 3 terminaron con la víctima ejecutada a sangre fría. Tampoco profundiza demasiado en el aspecto político, poniéndo todo el énfasis en la familia y en las relaciones entre Arquímedes-Alejandro y la de Alejandro con todo su entorno de amistades. El argumento clasista está presente, pues los Puccio no fueron una familia típica de San Isidro sino una más bien de clase media llana que miraba con resentimiento al resto de las personas que venían a saludarlos por el talento de sus 3 hijos varones a la hora de jugar al rugby. Todo esto se encuentra presente en El Clan, pero cuando se hace cine - a diferencia de un realizador de televisión- se debe elegir sobre que focalizar. Pablo Trapero nos sitúa en 1982 a la perfección desde el escenario, el vestuario y la música y nos propone ver un duelo entre padre e hijo que estalla en un cara a cara final que es imposible no dibuje una sonrisa en todos los espectadores.


Las escenas están filmadas con maestría, dignas de un director de la experiencia, el talento y el renombre de Trapero. Sin abusar de la cantidad de planos, logra imprimirle mucha dinámica a un filme que tiene tres o cuatro escenas donde hay acción real. La película se divide en dos partes y la pared es una brillante escena - para verla y aplaudirla hasta la eternidad- donde Trapero ejecuta una superposición entre la primera cita de Alex y Mónica - con una buena y jugada escena de sexo- y la ejecución pos-cobro de rescate de la primera víctima del clan. El tema de fondo es el famoso "Wadu Wadu" de Virus y las dos situaciones escalan en paralelo, combinando la oscuridad y la luz de una forma más bien original. Respecto de la musicalización, muchos opinaron que los temas elegidos eran demasiado alegres para una historia y ciertos momentos muy lúgubres, algo con lo que disiento. Es parte del ambiente que se construye que las canciones sean todas movidas y simpáticas, no olvidar que hay un predominio de sonido ambiente, que cada canción tiene un propósito visible a los ojos de cualquiera con ganas de mirar un poco más allá. Un mensaje bastante claro: parecía que habíamos salido de la oscuridad, pero todavía estábamos completamente inmersos en ella.


Guillermo Francella se luce en un personaje que está fuera de su órbita, mucho más que aquel gran papel que tuvo en El Secreto De Tus Ojos por el que también fue muy elogiado. Desde su aparición inicial, lo que nos transmiten sus ojos es el mal puro, ese mismo que se puede ver en la grabación de un Puccio que mientras agonizaba sostenía que no había matado a nadie y que había cumplido con un deber patriótico. Porque lo que el personaje nos transmite con el cuerpo, la mirada y sus frases es que siente que está haciéndole un favor a la patria al secuestrar y recuperar el dinero de "los ricos que arruinaron el país". Algo que no sonaría descabellado si esos billetes no hubiesen ido a parar a sus bolsillos y a los de sus hijos y socios. Tampoco si sus víctimas hubiesen sobrevivido, dato importante pues Francella deja muy en claro con su interpretación que Arquímedes mataba por mero placer. Un aspecto importante sobre el que bucea el guión es el complejo que Puccio tenía con sus hijos, a los que miraba con amor pero por sobre todo con tristeza y bronca porque sentía que no eran agradecidos con todo lo que él había hecho por ellos. Un hombre que, por ejemplo, sostenía que el éxito de su hijo Alejandro no se debía al talento y el trabajo de este, sino a los hilos que él teóricamente había movido. Puccio padre habría sido un muy buen candidato a Presidente en los tiempos que corren sin duda alguna.


Pedro Lanzani sigue demostrando que es un actor fenomenal, dejando atrás por completo el debate acerca de sus orígenes con Cris Morena. Le pone el cuerpo al enfrentamiento con un enorme actor como Francella y no desentona en ningún momento de la película. Es el verdadero protagonista de la historia y logra exhibir toda la fragilidad y las dudas de un muchacho al que la vida de a poco se le va desmoronando. De esa cara que pone cuando recibe de regalo una gran cantidad de dólares de parte de su padre por su buen trabajo, hasta la ruptura cuando decide cambiar su vida e irse con la mujer que ama para salvarse de un destino que lamentablemente para él ya estaba escrito. No se trata, como ya mencionamos, de afirmar que Alejandro Puccio no tuvo nada que ver y que fue otra de las víctimas. Pero en parte podemos decir que sí, porque las presiones a las que fue sometido por un padre psicópata - y una madre que era socia principal en el crimen, a pesar de haberse salvado de ir presa- al que solo le importaba lo propio terminaron por convencerlo de que esa "empresa" de secuestros express no era más que un trabajo para sostener a la familia y que al poco tiempo se terminaría.


El Clan es por sobre todas las cosas, una gran película y Pablo Trapero tiene muy merecidos todos los elogios y premios que viene cosechando. Lo de la venta de butacas es lo de menos porque el cine no se trata de eso, más allá de que un récord siempre llama la atención. Logra sacar lo mejor de cada uno de sus actores y tiene en Lanzani y Francella dos protagonistas de lujo que aceptan gustosos un duelo que tanto en la ficción como en la vida real, quedó inconcluso. No hay ninguna carencia en lo que respecta a la profundidad de cada uno de los temas, sino una elección - y omisión- consciente de ellos. Les recomiendo la mini-serie Historia De Un Clan, que puede servirles a quienes desean el detalle absoluto pues al estar compuesta por once emisiones semanales, es garantía de tiempo para abordar decenas de situaciones. Por lo pronto, como se puede ver en El Clan queda bastante claro que Pablo Trapero sabe elegir y muy bien.


Puntaje: 8/10

miércoles, 19 de agosto de 2015

Minions


Luego de robarse el corazón y las risas de millones de espectadores a lo largo y ancho del globo en las dos películas de la saga Despicable Me, los hilarantes, malvados y simpáticos Minions por fin tienen todo el protagonismo. Nadie dice que los demás personajes no tengan su relevancia, pero la realidad es que sin estas criaturas pequeñas y amarillas, los filmes previos no habrían sido ni un cuarto de lo buenos que terminaron siendo.

La secuencia inicial nos explica la historia de los Minions desde que eran organismos unicelulares hasta la actualidad. Un camino que comenzó con el virus más malo de todos y que pasa por personajes ficticios y reales de gran importancia ¿El denominador común? Que todos vieron su final gracias a la torpeza - bienintencionada, claro- de los pequeños seres amarillos. Tras fracasar como laderos de Napoleón y ser perseguidos por su ejército hasta los confines del mundo, los Minions encuentran refugio en una cueva. Sobreviven y logran armar una comunidad, pero a medida que pasa el tiempo empiezan a deprimirse - generando risas al por mayor- por no tener un amo al que servir. Cuando todo parece perdido, Kevin decide comunicarle a todos el plan que ha ideado: con dos voluntarios, se dirigirían a lo desconocido con el objetivo de conseguir lo que necesitan con desesperación. Se unen el rebelde sin causa Stuart y el adorable y bondadoso Bob, y parten con la mochila cargada de bananas y agua a ganarle la pulseada al destino. Tras recorrer agua, aire y tierra sin obtener resultados, el viento los lleva a Nueva York. Allí descubren por casualidad que en Orlando se está desarrollando la Villano-Con (versión Comic-Con pero de maldad, toque brillante debo admitir) y que la invitada principal será Scarlett Overkill, la supervillana más poderosa y macabra del mundo. Se dirigirán hacia allí con el objetivo de ser contratados por Scarlett y comenzar un reinado eterno sobre el mundo.


El guión es simple e inteligente, no propone una historia complicada sino una lineal y de resolución rápida. Lo relevante no es la trama sino la sucesión de gags que llega de la mano de los grandes protagonistas del filme. Al fin y al cabo, es para lo que las salas de cine en la Argentina y el resto del mundo se llenaron: para reír a carcajadas con las ocurrencias, peleas, insultos y demás de los Minions. Como en las dos películas previas, hay una dosis muy grande de ternura que combinada con el humor funciona a la perfección. Tal vez sean específicos los momentos en los que como espectador se encuentre descostillado de la risa, pero la satisfacción y la diversión están más que garantizadas. 



Lamentablemente en el caso de nuestro país - no sé como habrá sido en el resto de América Latina y los otros países de habla hispana- las copias llegaron dobladas. En lugar de tener a Jon Hamm y a Sandra Bullock como Scarlett Overkill y su marido cool y hippie Herb, tenemos a Thalia y a Ricky Martín. Este último hace un muy buen trabajo, porque lleva al extremo al personaje y logra que la voz y lo que vemos no sean para nada disparejos, algo que siempre puede suceder cuando se realiza un doblaje. La actriz y cantante mexicana no desentona, aunque su desafío dista de ser tan exigente como el que tuvo su colega boricua. Las voces de los Minions - con su particular lenguaje, que es cada día más gracioso- y de la excéntrica y sensacional familia Nelson quedan en manos de actores y doblajistas de prestigio que superan la prueba con creces.


La imagen es hermosa, la definición aumenta y la calidad mejora en cada nueva película. La recreación de la Nueva York y la Londres de los 70' es excelente, pues todos los estereotipos de ambas sociedades son exagerados por completo. La dirección, en manos de Kyle Balda y Pierre Coffin, es muy buena más allá de no necesitar de planos y movimientos demasiado complejos. Pero nobleza obliga, hay imágenes como la de los tres villanos remando con Nueva York - que pueden ver a continuación, aunque nada comparado a visualizarla en HD y pantalla de cine- a sus espaldas que son tan bellas como parar mirarlas por un largo rato. 


Minions no es una obra maestra ni mucho menos, pero es un filme perfecto por donde se lo mire. Apunta a un público heterogéneo y es eficiente en su principal objetivo que es hacer reír a todo el mundo. Es el blockbuster perfecto de vacaciones de invierno, sabe lo que quiere, tiene las herramientas para lograrlo y consigue llegar a la meta con un margen gigantesco - y recuperar en muy poco tiempo todo el dinero invertido y generar ganancias astronómicas, no olvidar esto-. Con todo el protagonismo, los Minions nos invitan a bordo de su búsqueda que ya sabemos terminará en su encuentro con Gru y logran entretenernos y emocionarnos al por mayor. No se puede decir que sea una precuela, porque no busca funcionar de esa manera en absoluto. Minions es un producto marketinero al máximo - toda la industria que se ha generado a su alrededor es impresionante, en Estados Unidos están hasta en la sopa- pero que nace debido a una exigencia del público. Quienes pagan la entrada fueron los que hicieron de unas criaturas que, en el papel, servirían para cargar con las pastillas cómicas - y nada más- el centro gravitatorio de las dos Despicable Me. Su mayor protagonismo en la segunda parte hacía vislumbrar un filme propio, algo que terminó sucediendo. Habrá que ver si la aventura puede continuar, tal vez lo ideal sea un paso a la televisión para analizar si el fenómeno tiene tanta fuerza como en sus inicios. Por el momento, la fórmula está más que a salvo y los casi 315.000.000 recaudados a nivel mundial no hacen más que confirmar que habrá Minions por muchos años más ¿Y quieren saber la verdad? Eso es algo fantástico. 



Puntaje: 8/10 

lunes, 10 de agosto de 2015

Insidious: Chapter 3

Es sorprendente que Insidious (2010) haya dado lugar a una saga que no parece estar cercana a su defunción. El primer episodio, dirigido por James Wan, había sido algo nuevo dentro de un género que pedía a gritos un constructor de atmósferas como el malasio. Ya el segundo lucía demasiado forzado, pero merced de los trucos ya conocidos - y a pesar de carecer, por ende, del famoso "efecto sorpresa"- y mucha muñeca del realizador, logró llegar hasta la línea final pasando apenas por algunos sobresaltos. Para esta tercera entrega, Wan anunció que no iba a estar tras las cámaras por lo que las expectativas no eran las mejores. 

Insidious: Chapter 3 está planteada como una precuela, algo que como decisión inicial es inteligente pues ya no había más conejos de la galera para sacar si la historia seguía caminando hacia adelanta. Años antes del famoso episodio que sufrió la familia Lambert, nos encontramos con Quinn (Stefanie Scott), una adolescente conflictuada por la reciente muerte de su madre tras una dura lucha contra el cáncer y su posterior agonía. Va en busca de Elise (Lin Shaye), que para ese entonces estaba retirada como medium tras el fallecimiento de su esposo. Lo que Quinn necesita es comunicarse con su madre, pues siente su presencia y está segura de que lo que ella intenta hacer es decirle algo muy importante. Elise se niega en un principio y le advierte que hay algo malo dando vueltas en el aire, que si uno le habla a un muerto todos los demás están escuchando atentamente. El cuadro de por sí es complicado para la protagonista: es al mismo tiempo ama de casa, madre de su pequeño hermano y una talentosa actriz que vive estudiando y está a punto de lograr entrar a la escuela de sus sueños. 


}Agobiada por las circunstancias, fracasa en su intento de ingresar al establecimiento y esa misma noche ve a alguien o algo que le hace un gesto desde un oscuro callejón. Va a su encuentro y es atropellada accidentalmente por un auto que pasaba a máxima velocidad. Tras un breve encuentro cara a cara con una entidad aterradora, despierta para enterarse que tiene las dos piernas quebradas. Comenzará su lenta recuperación en su casa, pero de a poco se dará cuenta que hay algo que la acecha en las sombras y que no se detendrá hasta consumirla por completo. 


Como pueden ver, no estamos ante nada que no hayamos visto antes en la saga. Pero la atmósfera está bien construida, basada esta vez en el contraste absoluto entre el día y la noche. El terror es progresivo, marca de agua del creador, y estalla con las clásicas variaciones bruscas en la banda sonora. Se insinúa mucho más de lo que se elige mostrar, por lo que los fanáticos del terror a la vieja usanza no tendrán demasiado de que quejarse en este departamento. 


Elise es la segunda protagonista y es bueno que así sea, pues hasta el momento era el personaje más interesante pero el que menos había sido explicado y desarrollado. El guión no es muy novedoso, todo se mueve al mismo ritmo que el de los dos filmes previos: hay un demonio que persigue lentamente a su víctima, utilizando sus tragedias, miserias y dolores para debilitarlo y así poder ocupar su cuerpo. 


Hay un buen uso de los primeros planos, con acercamientos que varían entre los lentos y los repentinos. Los silencios están muy bien utilizados, un recurso que James Wan logró reinsertar en el mainstream y que Leigh Whannell aprovecha muy bien aquí. Los homenajes a The Exorcist y The Shining (cuando no, el bendito pasillo) son demasiado forzados, lo cual los hace más bien simpáticos antes que cualquier otra cosa.


La dinámica de Insidious: Chapter 3 es muy buena, no da muchas vueltas alrededor del premio y va directo a sus obligaciones. Está construida alrededor de una estética y recursos ya conocidos, por lo que no gasta tiempo en presentarnos nuevamente lo mismo. Elise y sus dos particulares compinches aparecen por una razón: explicar cual fue la razón por la que tres individuos tan dispares terminaron juntos peleando contra el mal. Se atan varios cabos sueltos y se vuelve a foja cero, los misterios de la saga se terminan por el momento. 


Los efectos especiales son muy buenos y no hay un abuso de ellos. Lo único que falla en la película es su previsibilidad, y esto no es algo menor que pueda ser dejado de lado. Al no plantear nada nuevo, Insidious: Chapter 3, desperdicia actuaciones bastante buenas y una ejecución óptima tanto en la dirección como en la posterior edición. Whannell va a lo seguro y no se despega por un momento de las herramientas que James Wan tiene en su variada y conocida caja. Gana puntos al ser más explícita a la hora de mostrar el deterioro de la entidad maléfica y en proveernos de un rescate en el Más Allá mucho más entretenido y oscuro que los anteriores. El cierre es redondo, con la doble despedida de ocasión y Elise tomando un nuevo rumbo. Insidious: Chapter 3 es un filme que tranquilamente podrían no ver, salvo que sean grandes fanáticos de la serie/director o que busquen pasar el tiempo y llevarse algún que otro buen susto. Le alcanza con seguir el libreto técnico y el trabajo de Lin Shaye, pero la verdad es que después de sus 97 minutos de duración, lo que deja es sabor a poco. 



Puntaje: 5/10 

domingo, 9 de agosto de 2015

Jurassic World

Entre aquella maravilla que hizo Steven Spielberg en 1993 y la ridiculez que intentaron - con el regreso del Dr. Grant y todo- en 2001, parecía que la saga de Jurassic Park estaba destinada al cajón de los recuerdos. Pero 14 años después, de la mano de Colin Trevorrow llega la cuarta parte que logra mejorar dos secuelas olvidables - y muy mal enfocadas desde el vamos- y traer de vuelta algo del mojo perdido en el camino.

Lo primero que nos encontramos es que el sueño de John Hammond se ha convertido en realidad. En la Isla Nublar, sobre las ruinas del primer Jurassic Park - sí, el destruido por el T-Rex y los velocirraptors- brilla "Jurassic World". A primera vista es una mezcla entre Mundo Marino y un Zoológico, pero con la salvedad de que las atracciones son dinosaurios criados por InGen a partir de cepas originales de ADN. Dos hermanos, uno pequeño y el otro un adolescente, son puestos por sus padres en un avión para pasar un fin de semana en el afamado parque que es dirigido por Claire (Bryce Dallas Howard), la tía de los muchachos que por estar obsesionada con su trabajo no los ve hace demasiados años. Ella manda a su asistente a recibirlos y luego les da pulseras con acceso total para poder disfrutar del parque a pleno. El homenaje al filme original es bastante claro, pues la estructura es la misma que la ideada por Hammond pero elevada a la potencia máxima. La remera de uno de los operarios con el viejo logo y la discusión con Claire acerca de cual parque era mejor sirven como referencia pop.  


El gran problema es que los muchachos de InGen, en una clásica patinada de las suyas, crearon un nuevo dinosaurio para levantar las visitas al parque. Le pusieron de nombre Indominus Rex y es algo así como la peor pesadilla de un niño. Hasta allí todo normal, pero eso no es lo único: los científicos decidieron proveerlo de una inteligencia mayor a la del promedio, una que se ha desarrollado con una velocidad inesperada llegando a niveles prácticamente humanos. Aparecerá en escena Owen (Chris Pratt), un ex Marine que se dedica a entrenar velocirraptors - al punto de haber logrado una conexión con ellos- y se resiste a que las corporaciones militares los utilicen como armas de guerra. Cuando Claire lo lleva a ver a la nueva atracción, todo sale mal y el Indominus Rex logra escapar. Jurassic World se encuentra bajo asedio del depredador más inteligente del mundo, uno que no mata por hambre sino por el mero placer de ver morir al otro. 


Jurassic World es un show de efectos especiales y gadgets tecnológicos de hoy y mañana. Las estrellas son los dinosaurios y a decir verdad, mejoran a medida que pasa el tiempo. El Indominus Rex no decepciona, es el mejor monstruo de toda la saga sin ninguna duda, parece salido de una película de terror antes que de la naturaleza. En el ambiente sobrevuela una nostalgia bastante simpática, donde todo remite al primer filme tanto desde la trama como desde lo estético. La tensión está bien construida, algo complicado de lograr cuando desde el primer cuadro se anuncia quien es el malo y que es lo que va a pasar (seamos sinceros, no hay muchos escenarios posibles en este tipo de productos). La historia es dinámica y no se detiene demasiado, solo un poco cuando muestra el parque al comienzo, pero luego va directo a la acción. Es interesante que no haya ningún tipo de filtro en lo referido a la violencia explícita y a los ríos de sangre resultantes de ella, algo novedoso para una saga que apenas si mostraba hilos rojos. Las secuencias de acción están muy bien filmadas y logran tensionar la cuerda al máximo.


Lo peor de Jurassic World son las partes donde el protagonismo lo tienen los hermanos perdidos. Desconectados de la historia, pero necesarios para darle un cierre definitivo al guión, un cliché forzado que resta bastante. Si no me creen, sepan que su relación con la trama se arma alrededor del drama de los padres a punto de separarse. Bryce Dallas Howard y Chris Pratt están muy bien en dos papeles que requieren más físico que otras cosas. Su química es óptima y sus diálogos le dan ese toque humorístico que no por ser zonzo deja de ser entretenido. 


La crítica a los zoológicos y a la opresión que esas instituciones someten a los animales al hacerlos crecer en un ambiente que no es el natural, es muy contundente. Siempre pueden explotar, el caos está garantizado a todo momento. La escena final es bastante clara al respecto, no deja ninguna duda acerca de lo que se busca transmitir en Jurassic World


El cierre de la película es un claro homenaje al original, de la mano de un choque colosal lleno de sangre y CGI. Muchos señalaron que es un filme hecho para vender diversos productos, algo que es cierto ya que toda la saga tiene ese objetivo. La verdad es que hay pocas películas de este género que no tengan por delante o por detrás la idea de ganar mucho más dinero de la mano del marketing. En fin, podemos decir que Jurassic World es una película disfrutable que supera con creces a los dos bodrios que la anteceden. No llega a los niveles de Jurassic Park (1993) pero es la que más se acerca, algo que no es en absoluto despreciable. 



Puntaje: 7/10

Mission Impossible: Rogue Nation

Si hay una saga que ha honrado desde su primera entrega hasta la más reciente al cine, es la de Misión Imposible. Cualquiera podrá decir que todos los filmes que la componen son más bien diferentes, que no siguen una línea y que tienen distintas marcas de autor merced del hecho de no contar con el mismo director. Todo esto es correcto, pero hay dos factores que hacen de las MI grandes películas: primero, el gran Tom Cruise y, segundo, el tener un tronco común y una conexión que las convierte en un coctail entre James Bond, John Le Carré y Rambo. Tras una buena tercera parte, que había conformado sobre todo por el duelo entre Cruise y Phillip Seymour-Hoffman, la cuarta (Mission Impossible: Ghost Protocol) había servido como un relanzamiento, uno lleno de potencia, humor y acrobacias sensacionales. Como era de esperarse, Mission Impossible: Rogue Nation, fue presentada ya desde los afiches promocionales como un redoble en la apuesta.  

La historia retoma justo donde había dejado en la entrega previa, con Ethan Hunt (Tom Cruise) y su equipo cazando a The Sindicate, esa misteriosa organización que opera en las sombras cometiendo atentados en todo el mundo con el objetivo de destruir el sistema. La escena de apertura con Hunt colgado de un avión militar ruso es para verla un millón de veces y termina con el robo exitoso de un importante cargamento nuclear. Luego de esto, el agente regresa a Londres para obtener instrucciones de la agencia y ver que pasos tendrá que seguir de allí en más. El problema es que la I.M.F está en graves problemas políticos, pues el Director de la C.I.A, Alan Hunley (Alec Baldwin), está decidido a sepultar a la organización. Alegando su poca transparencia y sus varios choques con el FBI, convence al tribunal de que hay que cerrarla. Dunn (Simon Pegg) y Brandt (Jeremy Renner) pasan automáticamente a integrar las filas de la central de inteligencia y son utilizados como carnada para atraer a Hunt, que tras ser emboscado por el líder de The Sindicate - y logrado escapar gracias a la ayuda de una misteriosa mujer- se encuentra prófugo. Corre con la ventaja de saber que T.S no es un invento suyo sino que verdaderamente existe y que representa un gran peligro para el mundo ¿El problema? Que a cada paso que de, tendrá enemigos de ambos lados del mostrador, que harán todo lo posible para asesinarlo. 


Como nunca antes, M.I: Rogue Nation nos entrega humor y acción en continuado. Es una versión anabolizada del filme anterior, que ya tenía varios de estos elementos debido a la introducción de Renner y Pegg como sidekicks de nuestro protagonista excluyente. La química entre los actores es muy buena, elevando el término "compinches" hacia niveles pocas veces vistos en el cine moderno. El director, Christopher McQuarrie (que es responsable de esa gema titulada Jack Reacher), prueba su gran manejo de cámaras a lo largo de los 131' de duración. Hay tres momentos bien diferentes entre sí que sirven para graficar esto: el plano de la ópera en Viena, la secuencia tras bambalinas en esa misma escena y la inmersión en la base de datos que yace bajo el agua. Técnica pura sin importar si se le agrega o no el recurso del CGI, que cuando surge siempre está justificado. 


Los gadgets y las armas son las de siempre, pero con un tamaño mucho más impactante. El ritmo es excelente, la película nunca para salvo en los descansos creados por un guión inteligente que contrarresta la intensidad y la adrenalina en la que nos sumergimos apenas inicia el filme. Volviendo al guión, los misterios y los giros de tuerca lo hacen interesante pero es la idea de un "anti-I.M.F" la que le da a M.I: Rogue Nation un marco más clásico dentro del género de espionaje. Como ya dijimos, los diálogos hacen que la carcajada salga disparada de forma automática, ideal para cuatro intérpretes que manejan muy bien sus roles. 


Tom Cruise realiza un trabajo magistral. Físicamente es una locura y en lo demás, sigue agregándole cosas a un personaje que hace tiempo es solamente suyo. Es extraño que un actor pueda mejorar lo que ya es casi excelente, pero aquí queda claro que esto es posible. Es sorpresiva la cantidad de acrobacias que realiza y que una sea más difícil e impresionante que la anterior; Ethan Hunt es el super-espía del siglo, pero esta vez lo vemos desencajado y desesperado como nunca antes frente a un rival que es igual/mejor que él y logra sacar su lado más oscuro. 


Simon Pegg brilla otra vez, ahora con mucho más protagonismo. Codo a codo con Cruise durante casi toda la película, no desentona ni en los momentos más extremos. Jeremy Renner es otro que gana más minutos y saca a relucir todo su talento y capacidad para hacer reír. Le toca ser el compañero de ruta de uno que regresa: Ving Rhames, que tras varios años repite su rol como el elegante y serio Luther. Rebecca Ferguson se pone en la piel de Ilsa Faust, agente del MI6, que termina cruzando caminos con Hunt casi por casualidad. Gran trabajo físico de la sueca y su conexión con Cruise deja varias puertas abiertas de cara al futuro. Por último llegamos al malvado de turno, Solomon Lane, interpretado por Sean Harris. Sin dudas que es un personaje intrigante, de las mejores némesis que se construyeron en mucho tiempo. Detrás de su apariencia de geek, esconde a un terrorista frío y calculador que no suele cometer errores. Su mensaje político es poderoso y mueve el pensamiento del espectadores. Grandes actuaciones sin duda alguna, pero la frutilla del postre es Alec Baldwin, que agrega mucho humor y sarcasmo como la cabeza de la C.I.A. Sus diálogos con Renner son imperdibles, estando a la altura de su nombre en cada una de sus apariciones frente a cámara. 


M.I: Rogue Nation es un gran filme, un blockbuster de los buenos. Hay abuso del CGI de a ratos, pero la gran labor de los actores hace que ni siquiera moleste un poquito. Como todas las películas de la saga, es eficiente para combinar los momentos serios con los cómicos y así lograr que la casa siempre quede en orden. El cierre es muy bueno, aunque bien podrían haber acortado un poco una secuencia bastante previsible y falta de ritmo. Todos los cabos sueltos quedan atados y se abre paso a una nueva aventura para unos personajes que seguirán en el ruedo por mucho tiempo más. 



Puntaje: 9/10

lunes, 13 de julio de 2015

Mad Max: Fury Road

Como fanático absoluto de la saga original - bah, de las dos primeras porque la tercera parte es una porquería lisa y llana, producto de esa infección llamada mainstream-, no pude evitar ponerme muy feliz y ansioso al enterarme que una nueva película de Mad Max estaba en proceso de rodaje. La emoción fue mayor cuando supe que quien estaría detrás de cámaras sería ni más ni menos que el mismísimo George Miller, que regresaba al personaje que lo lanzó al estrellato tras una enorme carrera en el mundo del cine, dentro de los géneros tal vez menos esperados como, por ejemplo, en la animación con la brillante Happy Feet. Miller demostró que podía manejar casi cualquier cosa que le tirasen por la cabeza y un buen día pudo concretar su anhelo de llevar a la pantalla grande una vez más a este policía solitario que vaga por un mundo destruido - un interminable desierto, para ser más precisos- y sin esperanza, buscando vengar a su familia, masacrada brutalmente por una de las pandillas que se reparten un mundo donde hasta respirar puede costar la vida. Tras muchos intentos fallidos, en una clara evidencia de que el destino a veces puede tener sus vueltas de tuerca, George Miller volvía a reecontrarse con el monstruo que lo llevó de ser un interesante director a una leyenda viviente reconocida a nivel mundial. Sin Mel Gibson - ya demasiado viejo, es la verdad- pero con un elenco impresionante y la promesa de elevar a la millonésima lo hecho en los filmes originales, este australiano de mil batallas luchadas y ganadas se abocó a crear un producto que, como todos los de su autoría, tenía el objetivo de ser único e inigualable.


Tras una breve introducción, con Max (Tom Hardy) como narrador y protagonista de las acciones, nos adentramos en la continuación del camino de este llanero solitario en The Wasteland. La tierra está completamente devastada: primero fue la guerra por el petróleo y ahora lo que tiene en vilo y al borde de la extinción a la humanidad es la falta de agua. Claramente, como todo buen director y contador de historias, Miller sabe leer los conflictos de cada época y usarlos como excusa para poner a girar la rueda. Hay una mínima mención a la muerte de su familia, que se encuentra presente a todo momento en la imagen fantasmagórica de su pequeña hija y su voz junto a la de su difunta esposa que lo acechan durante todo el filme. De aquí en adelante, apenas dos o tres minutos después de iniciada la película, la historia entra en un ritmo vertiginoso y brutal que no se detiene hasta el último cuadro.


La trama es más bien simple: tenemos un mundo en el que hasta respirar termina siendo letal, donde hay varias tribus que se reparten el control del territorio. Quien maneja los destinos de lo que queda de la humanidad es el macabro y poderoso Immortan Joe (Hugh Keays-Byrne, a quien los fanáticos de la saga ya conocen), que controla las reservas totales de agua disponibles. En su escena de introducción, esto nos queda bastante claro: una muchedumbre sucia, hambrienta y llena de dolor se agrupa para escucharlo hablar desde lo alto de la gran caverna que hace de su fortaleza. Tras unas breves e hipócritas palabras, I.J abre el grifo y una gran catarata cae más o menos cerca de esas miles de personas. Todos se pelean por llegar primeros y llevarse al menos una taza o un bidón de ese elixir milagroso que no es más que agua. Tras unos segundo, Joe corta el flujo y se retira lentamente ayudado por su séquito mientras abajo todos pelean por apenas un par de gotas de agua. Queda claro que el pueblo y los demás líderes tribales están en sus manos y son capaces de hacer lo que sea con tal de que el suministro - por más ínfimo que sea- nunca se termine. Su mano de obra para ejercer este dominio dictatorial son sus War Boys, niños de apariencia fantasmagórica, con una corta expectativa de vida - la mayoría con tumores por vivir expuestos al veneno casi todo el día- y criados para morir por su maestro y llegar así a Valhalla (para mayores referencias, miren Vikings). Aparecerá en escena Imperator Furiosa (Charlize Theron), una de sus más duras y habilidosas comandantes, que se encarga de transportar agua por el desolado paraje arriba de una impresionante máquina de guerra. En una de sus entregas rutinarias, Furiosa decide cambiar el rumbo predeterminado y da inicio a una salvaje, intensa, voraz y sorprendente persecución que durará hasta los créditos del final. En el medio, cruzará camino con Max y con Nux (Nicholas Hoult) uno de los War Boys y los tres tratarán de llevar a tierra prometida a las cinco esposas puras de Immortan Joe que se esconden dentro del camión.


El término "abrocharse los cinturones" puede ser un cliché pero no hay otra forma de describir lo que es Mad Max: Fury Road. El ritmo es más que frenético, no hay un segundo en el que este se detenga. La acción es pura y dura, no hay corrección política ni frenos para llevar adelante la trama. Miller nos entrega cine en estado puro, bien crudo, sin ningún tipo de filtro ni patina digital que lo arruine. No hay excesivo uso del CGI, es más el director lo reduce al mínimo adrede, ni tampoco una masa de dobles para realizar las exigentes y peligrosas escenas de acción. Y esto es importante, pues cada una de ellas es el delirio absoluto y se pueden ver a la perfección en cada secuencia y cada alocado y enfermo personaje que forma parte del ejército de Immortan Joe y de sus malvados - pero no tan poderosos- laderos tribales. El ejemplo más acabado de esto que acabo de decir, es el guitarrista infernal que acompaña con una pila de parlantes detrás suyo a la caravana de Joe. Una banda sonora para cada enfrentamiento, con una guitarra eléctrica gigante que lanza fuego por uno de sus extremos. Y una aclaración: el fuego es real, no es producto de efectos especiales.  


La construcción de las máquinas de guerra es imponente, cada uno de los autos y camiones es una obra de arte. El infierno sobre ruedas, bestias cargadas de enormes motores, blindaje y las armas más potentes y precisas que puedan existir. Desde lo técnico, el trabajo de Miller detrás de cámaras es lógicamente muy bueno: desde las panorámicas para mostrar el amplio paisaje y situarnos geográficamente hasta la impecable superposición de planos durante cada batalla, no hay nada que funcione mal o parezca fuera de lugar. La aceleración de las secuencias es otro acierto del experimentado realizador y asistimos nuevamente a la división entre escenas mediante el corte con fundido a negro, recurso utilizado en la trilogía original. Mad Max: Fury Road fue concebida y filmada para verla en 3D o en el IMAX, por lo que la recomendación de quien les escribe es verla en esos formatos si es que aún la encuentran en el cine.


Este filme es el anti-cine digital en el mejor de los sentidos posibles. Claro que no reniega de las nuevas tecnologías y sus varias aplicaciones, pero su objetivo no es entregar un show de efectos especiales sino una experiencia única. Es decir, cine total, algo que es imposible de conseguir en un contexto plagado de mucha basura superficial. En lo que respecta a lo narrativo, es muy inteligente el uso de los breves momentos de descanso, pues permiten al espectador bajar un poco la adrenalina. Además se poseen un ciclo vital, funcionan como insertos dentro de una trama más grande que los aglutina a todos.


La banda sonora está a cargo de Junkie XL y es un lujo que merece ser escuchado por horas. El montaje logra sumir al espectador en la mayor de las tensiones posibles, sin dejarlo despegarse del borde del asiento por más de dos horas. El viejo George y su equipo consiguen que nos metamos en la pantalla, que nos subamos a uno de esos autos, algo que no siempre se consigue. La imagen es impactante, con una saturación que va más allá de lo habitual. El australiano no le perdió la mano tampoco a la construcción de universos, algo que sigue siendo una de sus marcas de estilo más reconocibles. Sus conceptos son sensacionales y lo interesante es que los crea sin una dependencia total del CGI.


El mensaje político nuevamente es claro y muy contundente: Max y Furiosa lideran la revolución social en su estado más primitivo. Más allá de la fuerza que tiene el personaje femenino, algo sobre lo que iremos en un momento, sigue primando la idea de la redención del hombre solitario y silencioso que vaga por un mundo sin esperanza ni futuro. Uno que se cruza por casualidad con una situación y elige dejar la soledad y ayudar a que la justicia triunfe de una vez por todas. No hace falta que se aclaren las demás analogías, pues creo que son bastante claras.


Uno de los elementos clave en Mad Max: Fury Road son las actuaciones, punto que cierra este análisis disfrazado de crítica cinematográfica. Tom Hardy muestra ser la perfecta elección para el rol de Max. Mirada de piedra y un impresionante físico que todos conocemos muy bien a esta altura del partido. Su Max apenas si masculla alguna que otra palabra, no interacciona demasiado con los demás personajes ni aún en el momento en el que su dura coraza comienza a ablandarse un poco. Un trabajo físico sensacional, al límite y despojándose de los dobles de riesgo en un escenario de alto riesgo. Su Max es la expresión de la soledad, de la desesperación, la ira, el dolor, la violencia y al mismo tiempo la (poca) esperanza que queda en un mundo que nunca será el mismo.


Pero es Charlize Theron la que se roba todos los aplausos y miradas. El show es todo suyo, no hay personaje que logre superarla en ningún sentido. Con toda la locuacidad que su compañero masculino no posee, Furiosa es pura ira y corazón. Intensa y salvaje, le hace honor a su nombre en cada una de las batallas que lleva adelante. Para la actriz sudafricana, esta es sin dudas una actuación consagratória algo particular porque son pocos los que consiguen esto más de una vez en su carrera. Nicholas Hoult cumple con creces como Nux, un War Boy convencido y leal a Immortan Joe, pero que de a poco va entendiendo que hay algo más allá del lavado de cerebro al que fue sometido desde su nacimiento. Locura y ternura al mismo tiempo, dos facetas bien demarcadas y construidas con eficiencia por este muy buen actor.


Mad Max: Fury Road es una enorme guerra sobre ruedas de comienzo a fin. No hay ni un segundo para poder tomar aire, hay muy pocos momentos en los que los protagonistas se bajan de los autos. George Miller nos entrega las mejores escenas de acción en muchos años y logra darle un giro moderno a su producto original sin perder el espíritu de aquellos años con bajo presupuesto y más espíritu y ganas que otra cosa. La potencia, el delirio, la violencia y la acción, son elevados hacia alturas inimaginables, quedando demostrado que el director trabajó con libertad total. Miller hizo lo que quiso y el resultado es un filme que se puede calificar como una "locura hermosa". O mejor, la mejor película del año y, porqué no, de las últimas dos o tres décadas como mínimo.




Puntaje: 10+/10   
  




miércoles, 24 de junio de 2015

Furious 7

Con mucha felicidad podemos afirmar que hasta el día de la fecha, la mayoría de grandes estrenos de la temporada han sido todo menos decepcionantes. Furious 7 tenía que superar tres duras pruebas: lograr al menos equiparar a su - genial y gigante- antecesora, demostrar que el enroque de directores (entra James Wan, sale Justin Lin) no iba a empeorar el producto final y enfrentar el duro adiós a un emblema de la saga como Paul Walker que falleció en un trágico accidente automovilístico - mientras se dirigía junto a un amigo, que iba al volante, hacia una gala de su organización de caridad- cuando le faltaban apenas dos o tres escenas para completar el rodaje. Con una carga emotiva muy grande a cuestas - pues todos esperamos ese homenaje aún sin saber como es que Brian O'Conner se va a despedir para siempre-, podemos decir que tanto el nuevo director como los actores lograron salir más que airosos de esta experiencia. Con la parte número ocho de la saga anunciada para dentro de un par de años, Furious 7 hizo lo imposible: pudo colocarse por encima de Fast & Furious 6 (2013), que había roto con todos los parámetros del cine sobre ruedas y llevado la historia hacia el máximo de acción, potencia, combustible y locura posible colocándola en la cima del universo cinematográfico. Claro que nunca le faltaron las críticas de quienes consideran que el cine debe ser un espejo de la realidad y algo hiper-artsy, cuestión que retomaremos en el párrafo final. Más allá de todo esto, ya hablamos en su momento de esta gran franquicia y la realidad es que desde que Justin Lin decidió comenzar todo de nuevo con la injustamente poco valorada tercera entrega - una que recién ahora ve como todos los cabos que dejó sueltos son atados-, como espectadores no hemos parado de recibir dosis tras dosis de cine puro y duro. De ese que hace tanta falta en un sistema lleno de remakes dudosas, copias baratas, efectos especiales de pésima calidad y actuaciones desganadas sin ningún tipo de compromiso. 


La historia retoma en el punto (casi) exacto donde nos había dejado la escena tras los créditos del filme anterior. Vemos como Deckard Shaw (Jason Statham) un ex Black Ops convertido en un asesino a sueldo sanguinario, visita a su hermano Owen Shaw (Luke Evans) en el hospital donde yacía detenido con vigilancia máxima tras haber quedado al borde de la muerte debido pos enfrentamiento contra Toretto y sus amigos. Le promete que se va a vengar de todos los que lo dejaron prácticamente inválido y a su salida termina de matar a los últimos que quedaron vivos tras su intempestiva entrada al complejo de salud. 


Un flashback nos lleva a una visita a la vieja pista en el desierto, de Dom (Vin Diesel) junto a una Letty (Michelle Rodríguez) que todavía no recuerda demasiado de su pasado pero que de a poco se va aclimatando a la compañía de quien hasta hace poco era el amor de su vida. Tras ganar una carrera con mucha facilidad, Letty es felicitada por todos sus viejos conocidos y amigos pero termina entrando en shock y escapando del lugar en su auto. Frente a la lápida que tiene su nombre pero no su cuerpo, le explica a Dominic que debe irse para poder primero encontrarse a ella misma. Del otro lado del país, Shaw confronta a las trompadas y a los tiros, bombas y demás a Hobbes (Dwayne Johnson) en su oficina. El agente norteamericano queda muy maltrecho tras una dura pelea y haber salvado a Elena (Elsa Pataky) de una muerte segura, en una caída espectacular. Con la información que robó de la computadora de Hobbes, Deckard consigue lo que necesita y procede con su plan: primero asesina a Han en Tokyo y luego con una bomba hace volar la casa de Brian (Paul Walker) y Mia (Jordana Brewster) y su pequeño hijo. Quedan cerca de morir, pero sobreviven más allá de la tristeza que les genera ver caer la casa donde todo comenzó. 


La conexión con Tokyo Drift llega a su punto final, con la charla entre Dominic y Sean (Lucas Black) tras esa carrera que significó el regreso del peso pesado a la saga. Trae el cadáver de su amigo y le da un entierro con su familia, para en ese mismo momento comenzar un enfrentamiento con su nuevo enemigo. La primera lección que aprende es que para poder vencerlo, tendrá que salir de la calle pues Shaw es directamente invisible y no juega ni vive con sus mismas reglas. Para ello aparece un muy buen amigo de Hobbes, Mr.Nobody (Kurt Russell) que le provee todo lo que necesita para atrapar a un criminal que él también anda buscando hace mucho tiempo. 


En Furious 7, la trama no es en absoluto lineal algo que rompe un poco el molde de las 6 películas previas. Consigue estabilidad narrativa a pesar de ir y venir, muchas veces sin anuncio previo, en el tiempo. La acción pura sin ningún tipo de vueltas está presente desde el primer cuadro, sin tregua ni humildad alguna lo cual es admirable y muy disfrutable. Quien se siente a ver el filme, estará recibiendo una bomba atómica cuyo contenido es la guerrilla automovilística llevada a un extremo que - hace rato- supera lo posible. La testosterona no ha parado de aumentar desde la llegada de Justin Lin y no hay razón para que eso termine en este séptimo capítulo. La calidad, la ferocidad y la espectacularidad continúan en ascenso y no parecen dispuestas a detenerse ni en los momentos más tranquilos y divertidos de la película. La velocidad es la de siempre, pero potenciada con autos que son más estrambóticos, rápidos y militares que nunca. Furious 7 tiene su base en el delirio total, con un trabajo de cámaras impactante que da como resultado un trabajo visualmente hermoso, que posee su cumbre en la escena de los rascacielos en Dubai. Una que si no le saca a uno los ojos de órbita, sería interesante que esa persona se replantee cual es la razón por la cual le gusta el cine. 


La familia sigue en el centro de la trama, algo que no sorprende y que cobra aún mayor relevancia por razones obvias. Tyrese Gibson, Kurt Russell y Ludacris además de realizar un muy buen trabajo, son quienes cargan con la responsabilidad de hacer reír y lo logran con mucho éxito. De todos los productos fílmicos de esta saga, es el más directo en el mejor de los sentidos: el preludio, la introducción, consiste en dos o tres escenas de acción y persecución impecables e implacables, no hay un solo momento en el que la trama se quede quieta. James Wan, que algo sabe del tema, maneja muy bien la tensión. Nos vemos obligados a estar atados al borde de la butaca de la mano de los recursos estilísticos que le conocemos al malasio pero con una inyección de anabólicos y varias capas de la influencia de una serie a la que recién se ha incorporado como un elemento más en la cadena de montaje. Si uno mira bien, la huella de James Wan está más que presente en cada escena, pero no es su intención que esto resalte sino que más bien se funda con todo lo demás. 


La épica llega hasta alturas que ni los más fanáticos se pudieron llegar a imaginar alguna vez. Lo que es digno de resaltar es que la subida es progresiva y está impresa dentro de la trama, algo que se lo debemos a la mano de James Wan. El camino es duro y está pavimentado con trompadas, autos de guerra, explosiones, saltos interminables e imposibles, maniobras enfermizas, lealtad, emoción y un amor inquebrantable por el cine. El clímax no podría ser mejor: un retorno a casa, a las calles de Los Ángeles tras haber viajado sin parar por el mundo con cuanta persona existiese tratando de matarlos y/o capturarlos. Su casa como campo de batalla, su lugar en el mundo para dirimir que es lo que va a suceder en el futuro. 


Las actuaciones son muy parejas y cada uno en su rol se luce (y con ganas). Jason Statham brilla como el sin dudas mejor villano de la saga. Demostrando que es un actor de primer nivel y el mejor dentro del cine de acción clásico y moderno, pone al servicio de la historia su mejor cara de enojado con la vida y una postura tan rígida que genera tensión con tan solo mirarlo. Un trabajo físico lógicamente espectacular, puro músculo y agilidad para antagonizar con otros dos pesos pesados. Vin Diesel y Dwayne Johnson siguen matando prejuicios y además exhiben una química de aquellas. Energía, potencia y sentimiento, con una simpatía - distinta en cada personaje- ante la que no se puede no caer rendido. Otra buena noticia: el retorno activo de Michelle Rodríguez como Letty, dejándonos una pelea para el recuerdo con Rhonda Rousey y el reencuentro con el amor de su vida. Ludacris y Tyrese Gibson, como ya se comentó, juegan perfecto su rol de comediantes y le ponen el pecho a las balas en todas las escenas donde es necesario. Nathalie Emmanuel decidió que no era suficiente sorprender y maravillar en Game Of Thrones y se mudó un rato a la saga más exitosa del mundo como una joven hacker llena de carácter que va a dar que hablar en lo que sigue. Por si se preguntaban, les confirmo la duda: hay un homenaje jamesbondiano que la tiene como protagonista.
El gran Kurt Russell la rompe como un agente muy inusual e ingresa con bombos y platillos a la historia. No se sabe si va a participar en el nuevo proyecto, pero su chispa y talento levantan cada una de las escenas en las que está presente.


Párrafo aparte para la muy buena labor de Paul Walker, cuya presencia fue rellenada con sus hermanos y un poco de CGI para el homenaje final. Un cierre perfecto que logra rendirle tributo tanto dentro como fuera de la historia. Los personajes y los actores se despiden y es imposible no largarse a llorar como un desgraciado. Todo el dolor por la pérdida de un gran amigo, de un hermano, canalizado de la mejor manera posible con una escena final llena de lágrimas contenidas, un repaso por varios momentos de un personaje que a los fanáticos nos marcó a fuego y una última carrera con Vin Diesel diciendo unas palabras desde el corazón para decirle adiós a su amigo del alma. Ah y la excelente canción - "See You Again"- a cargo de Wiz Khalifa y Charlie Puth que de por sí hace llorar para acompañar este momento.  


Mientras se me vuelve a caer alguna que otra lágrima, les dedico unas palabras a quienes desde una falsa superioridad artística e intelectual suelen despedazar a estas películas. Lo voy a hacer con un argumento muy simple: lo que se le achaca a Fast & Furious es que las persecuciones y las escenas no son "realistas". Mi pregunta es ¿Que es realista en el cine, a fin de cuentas? Justamente para esto para esto nos sentamos como niños sin importar la edad que tengamos, ante una pantalla gigante. La "realidad" en crudo la tenemos ante nuestros ojos todos los días, y la verdad es que a veces agota. El cine es otra cosa que combina elementos de ella y otros que solo son posibles por eso que llamamos "la magia del cine", una que nos lleva bastante lejos de lo cotidiano - si el filme es bueno, claro- por varias horas. La "realidad" en esta saga no se encuentra en las escenas donde vuelan autos sino en el corazón de la historia y el de sus personajes. En el vínculo que generaron con el espectador, y en todo lo demás también sin lugar a dudas. Pero si no me creen, tómense el tiempo de ver la escena donde se recuerda a Paul Walker y después me cuentan.



Puntaje: 10+/10